viernes, 23 de junio de 2017

La chispa de la vida.


Como siempre llego tarde a la fiesta, en este caso, sólo tardé dos años en ver el capítulo final de MadMen. Una de las razones es que MadMen es una serie que vi en DVD, al igual que estoy viendo Game of Thrones, cuyo final seguramente veré igual, pasados meses después de que todos hayan conocido el desenlace. Tal vez vi el final cuando lo tenía que ver: una vez que muchos veintes han caído en mi vida y a poco menos de un año de cumplir 40.

Por eso no quería dejar sin comentar un final satisfactorio de una de las series que más me han gustado. La serie me interesó por conocer la vida del empleado oficinista más o menos en la época que mi padre empezó a trabajar en un laboratorio. Yo que crecí con sus historias de la vida laboral identifiqué tales situaciones y cada uno de los momentos de los personajes.

A la postre, también identifiqué situaciones que yo he vivido, pues los 5 tipos de gente existen conviven en cualquier institución. Todos los personajes resultan interesantes, pero es evidente que el carisma de Jon Hamm, que lo mismo nos mata de risa en SNL que nos hace llorar con su actuación en drama hizo de Don Draper algo especial.

La serie no trata de algo tan mundano como un tipo que se anda acostando con mujeres que no son su esposa, de hecho es sobre lo que yo considero la razón de ser y el fin último de la vida: la felicidad.

Quien diga que Draper es inverosímil y absurdo por ser un super hombre jamás entendió al personaje. Draper es el ser con más defectos en toda la serie: un tipo que es capaz de vender felicidad a todo el mundo, incluyendo a las muchas mujeres que va conquistando, pero que él jamás ha experimentado ese sentimiento: que lo tiene todo, carisma, dinero, familia y sin embargo es incapaz de ser feliz.

El resto de los personajes comparte alguna de sus debilidades: la mayoría de los hombres son infieles, pero a diferencia de Don, Roger se permite disfrutar de sus conquistas. Pete Campbell es ambicioso y envidia la naturalidad con la que Don consigue todo, sus esfuerzos serán recompensados con riqueza y familia. Peggy viene de una cuna humilde, pero no tiene que recurrir a la mentira para situarse en el mundo y crecer en la empresa.

El primer capítulo inicia con una reflexión de Don sobre la felicidad: "Advertising is based on one thing, happiness. And you know what happiness is? Happiness is the smell of a new car. It's freedom from fear. It's a billboard on the side of the road that screams reassurance that whatever you are doing is okay. That you are okay.”

Don también define al amor: no existe.” What you call love was invented by guys like me to sell nylons”.

Durante toda la serie vemos que esa visión torcida de la felicidad y del amor termina por dejarlo con un fuerte sentimiento de insatisfacción. En un momento dado, Don pierde un cliente durante una junta al recordar que su infancia como Dick Whitman transcurrió en un burdel: resulta que el vendedor de felicidad es profundamente infeliz. El cliente no puede tolerar esta dosis de realidad y la agencia decide retirar tempranamente a Draper.

Mi padre, que vio el final en la televisión me lo spoileó: “está muy raro”, me dijo. “Don está como deprimido, se quedó viviendo en una comuna hippie”. Todo este tiempo pensé que ese fue el final de la serie. Cómo me gustaría que siguiera vivo para comentarlo!

El verdadero final de la serie la humanidad lo vio en 1971: es un comercial de Coca-Cola creado por McCann Erickson, la agencia que coincidentemente Don abandona de súbito para hacer un road trip y despojarse de todos sus bienes materiales, si, esos que en el episodio 1 señala como la felicidad. Es un grupo de personas cantando en una colina, agarrados de las manos. La letra del jingle retoma directamente el tema de la reflexión de Drape: Coca-Cola es el refresco que hará al mundo vivir en harmonía.

Antes del comercial tenemos a Don efectivamente sentado en la comuna, meditando, tras haber llorado con un tipo al cual no conoce, pero cuyo pesar es que vive su vida sin ser importante para nadie “a veces sueño que estoy dentro de un refrigerador, alguien abre la puerta y veo a mi familia sentados a la mesa, felices sin enterarse de mi”. Don, que durante toda la serie fue todo, menos invisible a sus semejantes se refleja en este ser insignificante: él mismo se ha quedado completamente solo.

El momento catártico termina y entonces vemos a Don en la escena que comento: en la comuna, meditando al aire libre con sus compañeros hippies. La cámara se acerca y él sonríe. Acto seguido el comercial inicia. Si la serie fuera contemporánea, Draper hubiera acuñado el lema actual del refresco: “destapa la felicidad”. Ojalá hayamos aprendido algo.

sábado, 17 de junio de 2017

Día del padre.


Hace un año, el 19 de junio de 2016, día del padre, me estaba preparando para irme al gimnasio a eso de las 6:00 AM cuando recibí una llamada de mi madre desde una ambulancia: mi padre estaba siendo trasladado al hospital. Ese día no lo sabía, de hecho el veinte me iría cayendo durante la semana: mi padre no tenía muchos meses más de vida. El siguiente viernes entró en terapia intensiva, una historia que ya relaté por aquí y en esos días me despedí de él. Aunque los doctores lograron sacarlo de la crisis en esa ocasión, se fue deteriorando rápidamente con el resultado que ya conocen.

A un año del momento que para mí lo inició todo, tengo muchas cosas en la cabeza: en sus últimos meses, tras haber estado sedado por una semana ese junio, mi padre perdió la fe en el más allá. Un hombre que siempre fue católico empezó a cuestionar la existencia de la vida después de la muerte, pues para él ese tiempo fue totalmente perdido. Ni cielo ni infierno. Simplemente la nada. Esa situación desgarradora, de un hombre que cae en la cuenta de que su gran esperanza podría ser inexistente, me llevó a reflexionar en lo corta que es la vida y que los seres humanos solemos desperdiciar el tiempo como si fuéramos dueños del mismo.

Esos últimos meses mi padre se propuso hacer de todo, desde una encerrona con toros para celebrar su cumpleaños 70, al cual no llegaría; que fuéramos a un partido de béisbol, que hiciéramos un viaje todos juntos. El tiempo apenas le dio para acabar el cuadro que inició antes de la crisis de junio y para ver a su nieta caminar. En su mente él seguía siendo el toro imbatible, la realidad apenas le permitía caminar entre las cuatro paredes de su casa.

Más que cualquier terapia, la muerte y el funeral de mi padre me enseñaron a valorar a la gente cercana. A dejar por un momento la eterna guerra por tonterías y darme cuenta que hoy sigo siendo el superhéroe de mis hijos. La foto que encabeza esta entrada no la conocía. La descubrí en esos seis meses posteriores a la crisis, un día que fui a ver a mis padres y ellos estaban catalogando las fotos familiares por años. En ella me descubro como un niño sonriente y feliz de estar al lado de su padre, su máximo héroe. El potencial de una vida y una relación que apenas comienza y que con el tiempo y mi (eterna) adolescencia se fue desgastado. La verdad es que nunca he visto otra foto en donde haya sonreído así.

Mis hijos hoy tienen aún esa sonrisa cuando están a mi lado y me he propuesto este día del padre impedir que se borre por el mayor tiempo posible. Quiero seguir siendo su héroe y aunque alejarse de los padres será señal de su crecimiento y proceso de maduración, espero que ese distanciamiento sea momentáneo y sólo sirva para que nos reencontremos en un punto en donde ya no me vean como su mayor, sino como el igual que los guio mientras estuvieron pequeños y mientras Dios (una frase que repetía mi padre) los puso a mi cuidado. La vida es corta, la infancia lo es aún más. En verdad hoy sé que no hay mañanas y que probablemente no haya recompensas eternas. No hay razón para no reencontrarnos con ese ser querido. Hagamos de nuestro hogar ese paraíso anhelado.

Lectora, lector querido. Feliz día del padre.