jueves, 29 de noviembre de 2012

“Caballería” (Chivalry)

 (El cuento original en inglés es de Neil Gaiman. Cualquier destrozo literario por la traducción al español es mi culpa).



La señora Whitaker encontró el Santo Cáliz; estaba debajo de un abrigo de piel.

Todos los jueves en la tarde la señora Whitaker caminaba hasta la oficina de correos para recoger su pensión, aún cuando sus piernas ya no eran lo que solían, y de regreso a casa se detenía en la tienda Oxfam a comprar cualquier cosa.

La tienda Oxfam vendía ropa vieja, chucherías, curiosidades, baratijas y libros viejos, todos donaciones, artículos de segunda mano, a menudo los muebles de difuntos. Todas las ganancias se daban a la caridad.
La tienda era atendida por voluntarios. La voluntaria en servicio esta tarde era Marie, diecisiete, ligeramente pasada de peso, y vestida con un jumper que lucía como si lo hubiera adquirido en la misma tienda.

Marie estaba sentada atrás del mostrador con un ejemplar de la revista Modern Woman, haciendo el cuestionario de “revela tu personalidad escondida”. A cada rato ojeaba la última página de la revista y checaba la puntuación dada a las respuestas marcadas con una A), B) o C).

La señora Whitaker anduvo curioseando por la tienda.

Notó que no habían vendido la cobra disecada. Llevaba seis meses ahí, acumulando polvo, los ojos de vidrio contemplando todo el tiempo los montones de ropa y el estante con porcelana astillada y juguetes mordisqueados.

La señora Whitaker acarició la cabeza del animal cuando pasó a su lado.

Tomó un par de novelas de Mills & Boon de un librero –Her Thundering Soul y Her Turbulent Heart, un chelín cada una- y estuvo considerando comprar una botella vacía de Mateus Rosé con pantalla de lámpara antes de decidir que, en realidad, no tenía un lugar donde ponerla.

Quitó un maltratadísimo abrigo de piel con un olor penetrante a naftalina. Debajo encontró un bastón, una copia de Romance y Leyenda de Caballerías por A.R. Hope Moncrieff, cotizado en 5 peniques. Junto al libro, a un costado, encontró el Santo Cáliz. Tenia una etiqueta redonda pegada en la base y escrito con tinta se leía el precio: 30p.

La señora Whitaker tomó la polvosa copa de plata y la acercó a sus gruesos anteojos.

“Que bonito,” dijo a Marie.
Marie se encogió de hombros.
“Se verá bien encima de la mesita de sala.”
Marie volvió a encogerse de hombros.

La señora Whitaker entregó 50 peniques a Marie, quien le dio diez peniques y una bolsa de papel marrón para guardar los libros y el Santo Cáliz en ella. Salió y fue a la carnicería de junto a comprar una pieza de hígado para cenar. Luego se fue a casa.

El interior de la copa estaba manchado con un polvo café ferroso. La señora Whitaker la lavó con gran cuidado, luego la dejó remojándose por una hora en una mezcla de agua caliente y vinagre.

Luego la pulió con pulidor de metal hasta que resplandeció y la puso encima de la mesita de sala, entre el basset hound de porcelana y la fotografía de su esposo Henri, en la playa de Frinton en 1953.

Tenía razón: se veía bien.

Esa noche cenó hígado frito en cebolla con pedacitos de pan. Estuvo rico.

La mañana siguiente era viernes. Cada viernes la señora Whitaker y la señora Greenberg se reunían alternando las visitas a la casa de la otra. En esta ocasión, tocaba a la señora Greenberg visitar a la señora Whitaker. Se sentaron en la sala y comieron galletas de almendra y tomaron el té. La señora Whitaker tomó una de azúcar en su té pero la señora Greenberg le puso endulcorante, el cual siempre portaba en su bolso en una bolsita de plástico.

“Que bonito,” dijo la señora Greenberg, señalando el Cáliz. “¿Qué es?”
“Es el Santo Cáliz,” dijo la señora Whitaker. “Es la copa en donde bebió Jesucristo en la Última Cena. Después, durante la crucifixión recibió Su preciosa sangre cuando la lanza del centurión atravesó Su costado.”

La señora Greenberg resolló. Ella era frágil, además judía y esa historia le pareció insalubre. “No sé de eso.” Dijo “pero se ve bonito. Mi hijo Myron ganó una de esas cuando participó en el torneo de natación, pero el suyo tiene su nombre grabado.”
“¿Todavía anda con esa muchacha tan amable? ¿La peinadora?”
“¿Bernice? Oh, claro. Esta pensando en pedir su mano,” contestó la señora Greenberg.
“Que bueno.”Dijo la señora Whitaker. Comió otra galleta.
La señora Greenberg horneaba sus propias galletas y las traía cada vez que le tocaba venir de visita: pequeños bísquets con edulcorante y almendra encima.

Platicaron acerca de Myron y Bernice, y del sobrino de la señora Whitaker, Roland (ella no tenía hijos), y de la señora Perkins, amiga de ellas que estaba en el hospital por su cadera, pobrecilla.

A mediodía la señora Greenberg se fue a casa y la señora Whitaker se preparó pan tostado con queso, para el lunch. Después del lunch la señora Whitaker tomó sus pastillas, la blanca y la roja y dos de las naranjitas.
Sonó el timbre.

La señora Whitaker contestó la puerta. Era un joven con cabello largo, hasta el hombro tan claro que era casi blanco, vistiendo armadura de plata, radiante, con capa blanca.

“Buen día,” Dijo él.
“Buen día,” dijo la señora Whitaker.
“Estoy en una misión,” dijo él.
“Qué bueno,” dijo ella desconfiada.
“¿puedo pasar?” preguntó él.
La señora Whitaker negó con la cabeza. “No lo creo, lo siento,” dijo.
“Estoy buscando el Santo Cáliz,” dijo el joven. “¿Está aquí?”
“¿Trae alguna identificación?” preguntó la señora Whitaker. Ella sabía que no es bueno dejar entrar extraños a la casa si se es una anciana que vive sola. Los monederos se vacían y cosas peores ocurren.

El joven caminó de regreso hacia la cerca de madera en el jardín. Su enorme caballo gris, tan grande como un caballo de Shire, con cabeza alta y  ojos expresivos e inteligentes, había mordisqueado la puertita de madera del jardín. El caballero buscó en la bolsa de cuero de la montura y regresó con un pergamino.

Estaba firmado por Arturo, Rey de todos los Bretones y hacía saber a las personas de cualquier rango o jerarquía que aquél joven era Galaad, Caballero de la Mesa Redonda, que se encontraba en Sagrada y Noble Misión. Bajo la firma había un dibujo del  joven. Tenía un gran parecido.

La señora Whitaker lo aprobó. Una credencial con fotografía habría sido suficiente, pero el pergamino la impresionó.

“Será mejor que pase.” Dijo ella.
Fueron a la cocina. Ella le preparó a Galaad una taza de té y lo condujo a la sala.
Galaad vio el Cáliz en la mesita de centro y se hincó. Puso con cuidado la taza de té sobre el mantel. Un rayo de luz entró por la ventana, entre las cortinas, coloreando su cara con luz dorada y haciendo de su pelo un halo de plata.
“En verdad es el Santo Grial,” susurró. Parpadeó tres veces con sus pálidos ojos azules como si quisiera contener las lágrimas.
Reclinó la cabeza en señal de profunda oración.
Galaad se levantó y se dirigió a la señora Whitaker “Graciosa dama, custodia de la Reliquia de Reliquias, déjeme partir de su casa con el Bendito Cáliz, que mi viaje habrá terminado y mi cruzada estará completa.”
“¿Disculpe?” preguntó la señora Whitaker.
Galaad caminó hasta donde estaba ella tomó sus manos de anciana con las suyas. “Mi cruzada terminó,” le dijo. “El Santo Cáliz finalmente está a mi alcance.”
La señora Whitaker frunció la boca. “¿Puede recoger su taza y el platito, por favor?” dijo.
Galaad recogió la taza apenado.
“No lo creo,” dijo la señora Whitaker. “Preferiría que se quedara ahí, entre la foto de mi Henri y el perro.”
“¿Es oro lo que desea? ¿Es eso? Mylady puedo ofrecerle oro…”
“No,” dijo la señora Whitaker. “No quiero oro, gracias. Simplemente no quiero.”
Condujo a Galaad a la puerta. “Mucho gusto en conocerle,” dijo.
Su caballo estaba apoyando la cabeza sobre la cerca del jardín y mordisqueaba sus gladiolas. Varios niños del vecindario estaban parados en la calle, viéndolo.
Galaad sacó varios cubos de azúcar de la bolsa de cuero y les enseñó como alimentarlo. Los niños reían. Una de las niñas apretó la nariz del caballo.
Galaad se montó en el caballo con un movimiento rápido y fluido. Entonces el caballo con el jinete se fueron  trotando por Harthorne Crescent.
La señora Whitaker se quedó observándolos hasta que se perdieron de vista, luego suspiró y se metió a su casa.

El fin de semana estuvo tranquilo.

El sábado la señora Whitaker tomó el autobús hasta Maresfield para visitar a su sobrino Roland, su esposa Euphonia, y sus hijas, Clarissa y Dillian. Les llevó un pastel de grosella que ella misma había horneado.

El domingo en la mañana la señora Whitaker fue a la iglesia. La iglesia local era St. James El Menor, mas del estilo “no piensen en esto como una iglesia, considérenla un lugar donde los amigos se reúnen y son felices” de lo que la señora Whitaker hubiera preferido que fuera, pero le agradaba el vicario, el Reverendo Bartholomew, claro, cuando no estaba tocando su guitarra.

Después del servicio, ella pensó en mencionarle que tenía el Santo Cáliz en su sala de visitas, pero decidió que no.

El lunes en la mañana la señora Whitaker estaba trabajando en el jardín trasero. Tenía un jardincito herbal del cual se sentía especialmente orgullosa: pepinillos, verbenas, menta, romero, tomillo y perejil salvaje. Estaba hincada, usando guantes de jardinería verdes y apretados, desyerbando, quitando caracoles y poniéndolos en una bolsa de plástico.

La señora Whitaker era muy piadosa cuando se trataba de caracoles. Los llevaba a la barda trasera de su jardín, el cual colindaba con la vía de tren y los lanzaba por encima de la cerca.

Cortó perejil para la ensalada. Alguien tosió a su espalda. Galaad estaba de pie, alto y bello, su armadura brillando en el sol de la mañana. En sus brazos sostenía un bulto largo, envuelto en piel engrasada.

“Regresé,” dijo.
“Hola,” dijo la señora Whitaker. Se levantó, muy lentamente y se quitó los guantes de jardinero. “Bueno,” dijo “ahora que está aquí podría ayudarme.”
Le dio la bolsa de plástico llena de caracoles y le dijo que los tirara en la cerca de atrás.
Él lo hizo.
Entonces entraron en la cocina.
“¿Té o limonada?” preguntó ella.
“Lo que tenga usted,” dijo Galaad.

La señora Whitaker sacó del refrigerador una jarra de su limonada hecha en casa y pidió a Galaad que cortara una ramita de menta del jardín. Ella sacó dos vasos altos de vidrio. Lavó con cuidado la ramita de menta y puso con cuidado algunas hojitas en cada vaso, luego sirvió la limonada.

“¿Dejó su caballo afuera?” preguntó.
“Oh, sí. Su nombre es Grizzel.”
“Y han recorrido un largo camino, supongo.”
“Largo camino.”
“Ya veo,” dijo la señora Whitaker. Sacó una palangana de plástico azul de debajo del fregadero y lo llenó a la mitad con agua. Galaad la llevó a Grizzel. Esperó hasta que el caballo bebió y regresó la palangana vacía.
“Ahora,” dijo ella “supongo que sigue usted tras el Cáliz.”
“Ea, aún quiero el Santo Grial,” dijo él. Entonces recogió el bulto de piel del suelo, lo puso en la mesa y lo desenvolvió. “Para usted. Le ofrezco esto.”
Era una espada, su hoja medía más de metro y medio. A lo largo de la espada había palabras grabadas y símbolos trazados elegantemente. La empuñadura tenía decorados en oro y plata y una enorme joya incrustada el pomo.
“Esta muy bonita,” dijo titubeante la señora Whitaker.
“Esta,” dijo Galaad, “es la espada Balmung, forjada por Wayland Smith en los primeros días. Su espada gemela es Flamberge. Quien la utiliza es invencible en la guerra, e invulnerable en la batalla. Quien la usa es incapaz de un acto de cobardía o de una acción innoble. Incrustado en su pomo está el sardónice Bircone, que protege a quien lo posee de venenos mezclados en vino o cerveza y de la traición de los amigos.”
La señora Whitaker escudriñó la espada. “Debe estar muy filosa,” dijo, después de un rato.
“Puede cortar en dos un cabello en el aire. No, podría cortar un rayo de sol,” dijo Galaad, orgulloso.
“Entonces será mejor que se la lleve,” dijo la señora Whitaker.
“¿No la quiere?” Galaad parecía desilusionado.
“No, gracias,” dijo la señora Whitaker. Se le ocurrió que seguramente a su finado esposo Henri le habría gustado. Él la habría colgado en la pared de su estudio junto a la carpa disecada que había pescado en Escocia y la habría mostrado a las visitas.

Galaad envolvió nuevamente la espada Balmung en la piel aceitada y la amarró con un cordón blanco.
Se quedó desconsolado.

La señora Whitaker le preparó algunos sándwiches de queso crema y pepinillos, y los envolvió en papel encerado. Le dio una manzana para Grizzel. Galaad se veía satisfecho con ambos regalos.
Les deseó buen camino.

Esa tarde tomó el autobús hasta el hospital para visitar a la señora Perkins, quien aún convalecía por su cadera, pobrecilla. La señora Whitaker le llevó algo de pastel de frutas hecho en casa, aunque no incluyó las nueces de la receta original, los dientes de la señora Perkins ya no eran lo que antes.

Vio un poco de televisión esa noche y se quedó dormida temprano.

El martes el cartero llamó a su puerta. La señora Whitaker estaba en el ático de la casa ordenando un poco, y al bajar cada escalón despacio y con cuidado, no logró llegar a tiempo. El cartero le había dejado un mensaje en el cual señalaba que trató de entregar un paquete pero nadie estaba en casa.
La señora Whitaker suspiró.

Guardó el mensaje en su bolso y fue hasta la oficina de correos.

El paquete era de su sobrina Shirelle desde Sydney, Australia. Contenía fotografías de su esposo Wallace y sus dos hijas, Dixie y Violet y una concha de caracol marino envuelto en algodón.

La señora Whitaker tenía una colección de conchas ornamentales en su recámara. Su favorita tenía un dibujo de las Bahamas pintada con esmalte. Había sido un regalo de su hermana, Ethel, quien había fallecido en 1983.

Guardó la concha y las fotografías en su bolsa de mandado. Luego, viendo que le quedaba de paso, se detuvo en la tienda Oxfam, de regreso a casa.
“Hola, señora W.,” dijo Marie.

La señora Whitaker se le quedó viendo. Marie usaba lápiz labial (posiblemente no el mejor tono para ella, ni bien aplicado, pero, pensó la señora Whitaker, eso lo aprendería con el tiempo) y una falda realmente corta. Era un gran avance.

“Oh, hola, querida,” dijo la señora Whitaker.
“La semana pasada vino un hombre, estuvo preguntando sobre la cosa que compró. La copa de metal. Le dije donde podría localizarla. No le molesta ¿Verdad?”
“No, querida,” dijo la señora Whitaker. “Él me encontró.”
“Era un príncipe. Realmente un príncipe,” suspiró Marie. “Con alguien así me fugaría.”
“Y tenía un caballo blanco y todo,” concluyó Marie. Su postura también había mejorado, notó la señora Whitaker.

En el estante de libros la señora Whitaker encontró una nueva novela de Mills & Boon-Her Majestic Passion-aunque no había terminado las dos que había comprado la vez anterior.

Tomó un ejemplar de Romance and Legend of Chivaldry y lo abrió. Olía a moho. EX LIBRIS FISHER estaba garabateado en la parte superior de la primera página en tinta roja.

Ella lo regreso al lugar donde lo había tomado.

Cuando llegó a casa Galaad la estaba esperando. Estaba paseando a los niños del vecindario encima de Grizzel a lo largo de la calle.
“Me alegra que esté aquí,” dijo ella. “Tengo algunas cosas que necesito mover.”
Lo llevó al ático, en lo alto de la casa. El movió las antiguas valijas para que ella pudiera alcanzar el armario que se encontraba detrás.
Había mucho polvo allá arriba.
Lo tuvo moviendo cosas el resto de la tarde, para poder sacudir.
Galaad tenía una cortada en su mejilla y sostenía un brazo penosamente.

Platicaron un poco mientras ella sacudía y ordenaba los objetos. La señora Whitaker le contó acerca de su finado esposo Henri; y como el seguro de vida había pagado la hipoteca; y como es que tenía todas esas cosas, pero nadie a quien dejárselas, nadie más que a Ronald, y a su esposa solo le gustaban cosas modernas. Le contó que conoció a Henry durante la guerra, y de los bailes de seis peniques  en el pueblo; y como habían ido a Londres cuando terminó la guerra, y ella había bebido vino por vez primera.

Galaad platicó sobre su madre Elaine, que era traviesa como nadie y algo tenía de bruja; y su abuelo, King Pelles, quien era bien intencionado pero un poco divagado; y de su infancia en el Castillo de Bliant en la Joyous Isle; y su padre a quien el conocía como “Le Chevalier Mal Fet,” que estaba más o menos completamente loco, y en realidad era Lancelot du Lac, el más grande de los caballeros, en materia de disfraces que el hubiera conocido; y los días que pasó Galaad como escudero en Camelot.

A las cinco de la tarde la señora Whitaker examinó el ático y decidió que era suficiente; luego abrió la ventana para orear el cuarto y ambos bajaron a la cocina. Ella puso a calentar la olla para el té.
Galaad se sentó a la mesa. Abrió la bolsa que llevaba atada a su muñeca y sacó una piedra blanca. Era del tamaño de una pelota de Cricket.
“Mi señora,” dijo, “esto es para usted si me da el Santo Grial.”

La señora Whitaker levantó la piedra, la cual pesaba más de lo que parecía y la acercó a la luz. Era blanquecinamente traslúcida y en su interior destellos de plata brillaban y relampagueaban en la crepuscular luz del sol. Se sentía tibia al tacto.

Mientras ella la sostenía, experimentó una extraña sensación en su ser: muy en su interior se sentía llena de calma, de paz. Serenidad, esa era la palabra; se sintió serena.
Renuente la volvió a colocar sobre la mesa.
“Es muy bonita,” dijo.
“Esta es la Piedra Filosofal, la que nuestro bisabuelo Noé colgó del Arca de la Alianza para dar luz donde luz no había; puede transformar los metales base en oro y tiene otras propiedades,” Galaad enumeró orgulloso “y eso no es todo. Hay más. Aquí.” De la bolsa de piel sacó un huevo y se lo entregó.

Era del tamaño de un huevo de ganso y de un color negro brillante, moteado blanco y escarlata. Cuando la señora Whitaker lo tocó, los vellos detrás de su cuello se erizaron. Su impresión inmediata fue de un gran calor y libertad. Escuchó el crujir de llamaradas distantes y por una fracción de segundo se sintió lejos del mundo abarcándolo y volando en alas de fuego.

Colocó el huevo sobre la mesa, junto a la Piedra Filosofal.
“Este es el huevo del Fénix,” dijo Galaad. “Traído desde la lejana Arabia. Un día el Fénix mismo nacerá de este; y cuando sea el momento, el ave construirá un nido de fuego, depositará el huevo y morirá, para renacer entre flamas en una nueva era del mundo.”
“Me imaginé que era eso,” dijo la señora Whitaker.
“Y por último, mi señora,” dijo Galaad “Le he traído esto.”
La sacó de su bolsa y se la entregó. Era una manzana, aparentemente pulida de un sólo rubí, con una ramita de ámbar.
Un poco nerviosa, ella la tomó. Era suave al tacto-engañosamente suave: sus dedos la recorrieron y jugo del color del rubí brotó por entre la mano de la señora Whitaker.
La cocina se llenó –casi imperceptiblemente, mágicamente-con el aroma de frutas de verano, de frambuesas y duraznos y fresas y moras rojas. Como un sonido lejano escuchó voces distantes entonando una canción y música en el aire.

“Esta es una de las manzanas de las Hesperides,” susurró Galaad. “Una mordida hará sanar cualquier enfermedad o herida, no importa lo profunda; una segunda mordida restaura la belleza y juventud; y se dice que una tercera mordida garantiza la vida eterna.”
La señora Whitaker lamió el pegajoso jugo de su mano. Sabía como vino fino.

En un momento todo volvió a ella: como era ser joven, tener un cuerpo firme y delgado capaz de hacer lo que ella deseara; correr por el campo por el simple gusto de hacerlo; que los hombres le sonrieran por el simple hecho de ser ella y estar felíz de ser así.

La señora Whitaker miró a Sir Galaad, el más gentil entre los caballeros, bello y noble en su pequeña cocina.

Contuvo el aliento.

“Eso es todo lo que le he traído,” dijo Galaad. “Nada fácil fue conseguirlos.”
La señora Whitaker puso la fruta de rubí sobre la mesa de su cocina.
Miró la Piedra Filosofal, y el Huevo del Fénix, y la Manzana de la Vida.
Fue hasta su sala y miró la mesita de centro: al pequeño basset hound de porcelana, y el Santo Cáliz, y la fotografía de su finado esposo Henri, sin camisa, sonriendo y comiendo un helado en blanco y negro, casi cuarenta años atrás.

Regresó a la cocina. La olla había comenzado a silbar. Vertió un poco de agua hirviendo en la tetera, la revolvió y y la sirvió. Luego le añadió dos cucharadas de té  y una para la marmita y añadió el resto del agua. Todo esto realizó en completo silencio.

Entonces volteó a ver a Galaad.

“Llévate esa manzana,” ordenó a Galaad. “Tú no deberías ofrecer cosas como esas a las ancianas. No es apropiado.”
Hizo una pausa. “Pero me quedaré con las otras dos,” continuó, después de pensarlo. “Lucirán bien en la mesita de centro. “Y dos por uno es justo, o  no sé qué lo será.”
Galaad se veía satisfecho. Metió la manzana-ruby en su bolsa. Entonces se arrodilló y besó la mano de la señora Whitaker.
“No hagas eso,” dijo la señora Whitaker. Sirvió dos tazas de té en su mejor vajilla, la cual usaba sólo en ocasiones especiales.
Se quedaron en silencio, bebiendo su té.
Cuando hubieron acabado fueron a la sala.
Galaad se persignó y recogió el Cáliz.
La señora Whitaker colocó el Huevo y la Piedra donde momentos antes estaba el Cáliz. El Huevo se caía hacia un lado y ella lo recargó contra el perrito de porcelana.
“Se ven muy bonito,” dijo la señora Whitaker.
“Sí,” reconoció Galaad. “Se ven muy bien.”
“¿Puedo ofrecerte algo de comer antes del regreso?” preguntó ella.
El negó con la cabeza.
“Un poco de pastel de frutas,” dijo ella. “Tal vez no quieras ahora, pero estarás contento en un par de horas. Y probablemente quieras usar el baño. Dame eso, yo lo empaco.”
Lo condujo al retrete al final del corredor y se dirigió a la cocina, sostenieno el Cáliz. Había guardado algo de papel navideño en la alacena y envolvió el Cáliz con este y amarró el bulto con cordón. Luego cortó una rebanada grande de pastel de frutas y lo puso en una bolsa de papel marrón, junto con un plátano y una rebanada de queso envuelto en papel aluminio.

Galaad regresó del baño. Ella le entregó la bolsa de papel y el Cáliz. Entonces se paró de puntillas y lo besó en la mejilla.
“Eres un buen chico,” le dijo. “Cuídate.”
Él la abrazó y ella lo escoltó fuera de la cocina y a través de la puerta trasera y cerró la puerta tras él. Se sirvió otra taza de té y derramó sus lágrimas en un Kleenex, mientras el sonido de cascos de un caballo se alejó de Hawthorne Crescent.

El miércoles la señora Whitaker se quedó en casa todo el día.

El jueves salió a la oficina de correos a recoger su pensión. Luego se detuvo en la tienda Oxfam.

La mujer detrás del mostrador era nueva. “¿Donde está Marie?” preguntó la señora Whitaker.

La mujer del mostrador, quien tenía cabello gris pintado de azul metálico y anteojos azules que terminaban en una punta con diamantes negó con la cabeza  y levantó los hombros. “Se fue con un chico,” dijo. “En un caballo. Tch. Figúrese. Yo debo estar esta tarde en la tienda Heathfield. Tuve que pedirle a mi hijo Johnny que atienda aquí mientras encontramos a alguien más.”

“Oh,” dijo la señora Whitaker. “Que bueno que se consiguió un chico.”
“Bueno para ella, tal vez,” dijo la mujer junto al mostrador, “pero yo tengo que estar en Heathfield esta tarde.”

Sobre una repisa en el fondo de la tienda la señora Whitaker halló un recipiente de plata ennegrecida que terminaba en un cuello largo y angosto en uno de sus extremos. Su precio era de sesenta peniques, de acuerdo a la etiquetita pegada en su costado. Parecía una tetera aplastada y alargada.

Tomó una novela de Mills & Boon que no había leído. Se llamaba Her Singular Love. Tomó el libro y el recipiente de plata y los entregó a la mujer del mostrador.
“Sesenta y cinco, por favor,” dijo la mujer levantando el objeto de plata y observándolo. “Que curioso objeto ¿no? Lo trajeron hoy en la mañana” Tenía elegantemente grabada a mano una oración en caracteres que parecían árabes. “Una especie de lata para guardar aceite, supongo.”
“No, no es una lata,” dijo la señora Whitaker, quien sabía exactamente lo que era aquello. “Es una lámpara.”
Había un pequeño anillo de metal amarrado a la agarradera de la lámpara con un cordón café.

“De hecho,” dijo la señora Whitaker, “pensándolo bien, creo que sólo me llevaré el libro.”

Pagó los cinco peniques por la novela y puso la lámpara en donde la había encontrado, al fondo de la tienda. Después de todo, reflexionó la señora Whitaker, mientras regresaba a casa, no tenía un lugar en donde colocarla.


Traducción: Fermín Reyes.

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