martes, 12 de junio de 2012

La historia de un perro cualqueira

Autor: Arturo Ceballos
 
Cuando llegué al barrio ella ya estaba ahí. Cada tarde, al volver a casa, subía a la terraza con las notas del colegio mientras veía a los chicos corretearse y la Machu tras ellos, dándoles alcance, jadeando un poco, pero con la mirada cautiva en la sonrisa blanca de aquellos niños. Machu era una hembra, parda a blancos y negros, de pelo corto, hocico puntiagudo y orejas agachadas. Al integrarme a la pandilla, unos cuantos meses después de haber llegado al barrio, me enteré que era de todos y de nadie, ninguno recordaba haberla visto llegar. Era como una laja más de aquella larga calle, que al amanecer se levantaba del suelo gastado para tomar forma, cuerpo, robar aire y babear un poco. La primera vez que me acerqué a ella lo hice desconfiado, con las palmas de las manos abiertas por debajo de su hocico, como me lo enseñara el abuelo. Ella husmeó por un momento, y después pasó a mis pantalones; su nariz cobró vida propia en cuanto rozó los cordones de mis zapatos para seguir hacia arriaba hasta llegar a los bolsillos y a ese rincón de golondrina, por el que debí retroceder dos o tres pasos.
 
Era una más del grupo. Curioso solía ser el modo en que se ocultaba junto a nosotros cuando jugábamos a las escondidas, y qué decir de la forma en que empujaba la pelota con la punta de su hocico. Gozaba echarse sobre la yerba, a nuestro lado para ver morir la tarde, escuchando apuestas, trucos y mentiras que no entendía, pero que no le importaba entender, siempre y cuando hubiera una mano cálida y afable que le acariciara el lomo. No se despegaba del grupo ni un solo instante; apenas uno asomaba a la calle, allí estaba la Machu, chasqueando el suelo con las uñas y moviendo la cola a la espera del más discreto de los mimos. Siento nostalgia cuando la recuerdo bajo el tronco del viejo árbol que vigilaba la calle. Uno a uno nos subíamos por entre las gruesas ramas, hojas sacudidas y rodillas raspadas, mientras ella gemía debajo, nerviosa, arañando el tronco con sus patas; quizá triste porque no podía trepar, quizá porque nos perdía de vista, o quizá porque también sabía que aquellos que se acercan al cielo no siempre regresan. Al final se daba por vencida y se tumbaba a un lado, con la cabeza sobre sus patas, dormitando, mirando pajarillos y guardando locas carreras reprimidas mientras permaneciéramos arriba.
 
Se tomaba muy en serio su papel de guardián; nos divertía verla correr tras los carros que cruzaban la calle, ladrando cerca de los neumáticos, a zancadas hasta que cedía a la fatiga y la dejaban atrás. Entonces volvía con las patitas al aire y la nariz respingada, una mueca con la que nos decía que no importaba lo ingratos que fuéramos, ella podía asegurar que le debíamos la vida. Cuando algún otro animal entraba en la cuadra, la tensión brillaba en sus ojos. Ladraba por no dejar, por marcar terreno y poner en alerta al visitante y a nosotros; sus ancas vibraban de miedo y nos veía de reojo como si pidiera compañía, y probablemente también un poco de comprensión por si las cosas se tornaban duras y la defensa fallaba.
 
Cuando alguno de nosotros volvía de la tienda, con los bolsillos y las manos repletas de caramelos, dulces con chile y chocolates, era inevitable pensar también en la tajada que le correspondía a la Machu. Con sus ojitos expresivos y las orejas levantadas, olfateaba las piernas del enviado en busca de la migaja de aroma de su próximo bocadillo. Después, agitada, se echaba sobre la acera con el hocico entreabierto del que escapaba un extraño aliento dulce. El viejo gendarme que rondaba la cuadra solía regañarnos diciendo que a los perros no se les daban golosinas y menos chocolates. Pero éramos muy niños y creíamos que los dulces eran buenos para todos porque nos hacían felices y hacían feliz a la Machu.
 
Aún recuerdo cómo me gustaba pescarla en pleno bostezo, entonces agarraba una vara y se la metía en el hocico para que, al cerrarlo, se machucara la lengua. A algunos chicos les causaba gracia mientras que otros me fruncían el ceño condenando mi malicia. Ella escupía el palo, me observaba con una mirada sensible apelando a mi benevolencia. Era cuando la sentía parte de mi sangre, como si explorara mis entrañas, ayudándome a disminuir el remordimiento que yo sentía. A la vista de todos, tendía mi mano bajo su cabeza y, después de dos o tres lamidas le frotaba las orejas y la llenaba de apapachos, muy distintos de los que le daba a mi gato Sebastián, porque a los gatos y a los perros no se les acaricia de la misma forma. Será por eso que a mí era al único al que se le acercaba con cierta reserva. El olor a felino que guardaba mi ropa no lo podía pasar por alto, sin embargo eso no me restaba aprecio al momento en que ella exploraba junto a cada uno las insondables distancias de la niñez y las historias de fantasía con que llenábamos de gritos y risas los silenciosos espacios de aquella vieja vía adoquinada.
 
Más que sumisión, la relación que existía entre la Machu y nosotros se debía a la complicidad y se fortalecía con las mutuas bromas. Como el día en que me dio por jugar en solitario y escarbar en el jardín, frente a mi casa, un agujero que serviría de escondite a los que entonces consideraba mis tesoros: un par de bombochas, un soldado de plomo, tres o cuatro corcholatas y un par de listones violeta que pertenecían a una chica del colegio que me robaba el sueño. Cubrí mi pequeña fosa de la manera más discreta para dejarla como si nada hubiera pasado, ajena al tiempo, al espacio y a la memoria. Y eso era lo que yo buscaba, que el olvido hiciera su trabajo, para toparme en un futuro con la triunfal alegría de un tesoro hallado en los escombros de mi infancia. Al caer la tarde terminé de aplanar el terreno. A mi lado sólo estaba ella, la Machu, echada sobre sus patas y rascándose de vez en cuando las orejas, quizá fingía, pero yo creí que sabría guardar el secreto. Pasó el tiempo envuelto en meses hasta forrarse de dos o tres años. Debo admitir que desde chico la distracción se me volvió una rutina, no me percaté de la tierra sacudida ni del pasto alborotado que me anunciara que los talismanes habían sido exhumados. Al cabo de cierto tiempo, cuando creí que mi obsesión había sucumbido y mi asombro estaba fresco para entusiasmarse con el hallazgo, acudí a aquel rincón y removí la tierra creyendo que no sabía nada. Pero la decepción me confirmó lo contrario: salvo unas cuantas piedras y dos o tres lombrices, mis dedos quedaron vacíos. Revolví la tierra en un sentido y en otro, hice unos cuantos agujeros alrededor, sólo para descorazonarme un poco más. Efectivamente, el tesoro había sido un gran hallazgo, pero de otro, alguien que de verdad tenía fortuna, no de mí.
 
Llegó la fecha en que tuve que mudarme del barrio. El camión de la mudanza cerraba sus candados al tiempo que me despedía de los chicos. Allí también estaba la Machu, con la lengua colgada y escurriendo saliva. Todavía la recuerdo con su cola agitada, sus ojos tristes y sus patas firmes, aunque ya un poco cansadas. Aún era muy chico para saber que las épocas que dan tibieza y cobijo al corazón son las que ya no regresan. Perdí de vista a la Machu cuando mi madre me pidió que ayudara a mi hermana con algunos trastos. Al volver, de nuevo estaba allí, inmóvil, como si nunca se hubiera ido, sólo que esta vez buscaba el dorso de mi mano con su nariz. Fue entonces que se cruzaron sus ojos con los míos y aflojó el hocico dejando caer un pequeño pedazo de metal al suelo. Me incliné a recogerlo y reconocí el brazo roto de aquel soldado de plomo hurtado del jardín de mi casa. Froté su cabeza y me agaché hasta juntar su mejilla con la mía. Ese fue el último gesto que tuve con la vieja calle adoquinada, la que año tras años se volvía más corta y más estrecha. Abordé el auto y de inmediato me volteé sobre el asiento trasero. A un costado de la acera, un punto pardo a blancos y negros ladraba con resignación desesperada.
 
Cuando llegué al barrio, ella ya estaba allí, y al partir, ella continuó indolente, vigilando aquel corredor espabilado por los sentimientos de los chicos y las historias de fantasía que contaron los que estuvieron antes de mí y aquellos que arribaron después, demasiado tarde para conocerlos. Supongo que el día menos pensado ella desapareció como lo hacía cada noche, retornando a las lajas lisas y gastadas de aquella calle, reconciliándose con el frío, con los ecos de nuestras risas y con las caricias sobre su lomo hasta quedar dormida. En la incertidumbre, me consuelo pensando que llegó la noche, su noche, y cerró sus ojos tristes como cielos otoñales, para correr tras un sueño que no acabará nunca.

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