lunes, 23 de enero de 2012

Oliver.

El siguiente relato lo escribí hace años para una amiga, cuando fue tiempo de sacrificar a su perro.



“Oliver.”

Oliver pasó su última Navidad en casa, al lado de sus dueños. Recibiendo como siempre caricias y abrazos. Las caricias fueron las de todos los días, los abrazos estaban bien, pero no entendía porqué siempre lo abrazaban cuando se tiraba a descansar tras el esfuerzo de haber caminado cinco metros para ir al baño; si se estaba tan bien ahí echado...

Los que conocimos a Oliver los últimos años sólo alcanzamos a imaginar la destreza y la fuerza que alguna vez tuvo. Conocimos las historias de los juegos con el balón de fútbol o como jalaba de su correa cuando lo sacaban a la calle o la alegría que le daba corretear por ese largo pasillo que es el patio de su casa. También reconocimos las huellas de la fortaleza de sus patas y la energía en un perro longevo. Además percibimos el amor y lealtad que brindó a sus amos.

17 años son pocos para un niño pero muchos para un perro. Siendo que la mayoría de los perros dura 13, 15 años a lo mucho, Oliver era un milagro clínico.

Hace meses recibió la visita inesperada de un ser querido: su primera dueña. 17 años más vieja (como él) , con más canas y menos dientes (como él) y a ambos les gustó saber que el otro estaba vivo. A Oliver le hubiera gustado hablar, para contarle a su antigua dueña lo mucho que quería a su nueva dueña, pero no importó la falta de palabras, porque esas cosas se notan en un perro. Hay otras formas de lenguaje.

Hoy el dueño de Oliver lo cargó y lo llevó de paseo. Después de una noche especialmente fría, en que los huesos se sentían como cristal molido y de una mañana en que la fuerza de sus otrora poderosas patas no le permitieron levantarse, su dueño lo cargó y lo llevó fuera.

A Oli le gustaba que lo cargaran pero esta mañana el cristal molido de sus huesos no lo deja en paz.

Hace tiempo perdió la vista y no oye, pero tiene otros sentidos: su grueso pelo no le impide sentir las superficies, su nariz aún olfatea como sabueso y le sirve de radar, si saca la lengua percibe el viento.

Así que sabe perfectamente a donde lo llevó su dueño. En lugar de dejarlo arropado y tranquilo en su camita, lo ha llevado al peor lugar que conoce: su veterinario.

Lo han colocado en la plancha metálica, fría que tanto odia. Eso significa pinchazos de aguja, hacerlo tragar pastillas enormes o tragar jarabes apretándole el hocico al punto de la asfixia, encerrarlo o (peor) bañarlo, que le abran el vientre y le saquen partes de su precioso cuerpecito.

Pero hoy no es así. Hoy siente las manos de su dueño más cerca que nunca, que lo acarician y lo abrazan suave, relajadamente. Si aún pudiera ver, vería los ojos de su dueño rojos de tristeza. Escucharía en un idioma no tan poco conocido para él (como muchos creen) la pregunta de su dueño: “No le dolerá ¿verdad?”.

Aún así percibe la resignación y pena de su amo. Porque hoy sus dueños harán un sacrificio al tener que decir adiós a su buen amigo.

Pero también percibe las manos de su dueño, dulces, cálidas. Ahí donde a él le gusta que estén. Percibe el olor, la esencia de su dueño y se siente tranquilo, en paz. Ha visto muchas cosas y por ello sus ojos se han oscurecido. Ha oído demasiadas palabras de amor que no necesita escuchar otra vez para recordar.

Ha olido muchas veces las esencias de sus amos y ahora recibe ese olor una vez mas, antes de que el mismo sea suplantado por un aroma penetrante, dulce que le inunda los pulmones. Oliver sólo tiene tiempo de olerlo un instante y cae dormido.

Los huesos ya no duelen, el frío ya no llega.

Es más, es un perro joven de nuevo. Está acostado en su antigua camita, en otra Navidad. Su ama le grita desde la cocina “¡Oliver, ven para acá!” y Oliver automáticamente se levanta y corre. En una fracción de segundo llega junto a su ama (10, 15 años más joven) quien sostiene un pedazo de pollo en alto, provocando a Oliver para que salte y trate de alcanzarlo. Eso no es problema: en un instante el pollo es arrancado de la mano de su ama, a quien ha tomado por sorpresa el brinco de Oliver, y devorado por él.

Escucha al amo gritar desde el patio “¡Oliver, ven a jugar!”, y sale corriendo con la potencia que le dan sus cuatro poderosas patas.

El amo le lanza un balón de fútbol (que es casi tan grande como Oliver) y él lo detiene con una pata y lo mordisquea. Luego lo lanza hacia el amo quien se lo volverá a aventar.

Cerca está la hija de sus amos que se inclina para rascarle las orejas cuando lo ve pasar y quien le pregunta “¿dónde está mamá?” a lo que Oliver sale despavorido nuevamente hacia la cocina.

Al rato se echará otra vez, no porque esté cansado, sino porque ese es el trabajo de un perro y es cosa seria.

Oliver es ahora feliz. Feliz seguirá sin molestos veterinarios, ni cansancio, sin frío. Sólo la alegría que le da estar con sus amos y ser perro, SU perro. Ningún otro podría hacer ese trabajo tan bien y por ello se merece recordar los momentos felices con sus dueños, editando los malos, por toda la eternidad, hasta que se encuentre con sus dueños y con los hijos de los hijos de sus dueños. Pues si en verdad el cielo de los humanos existe, las mascotas que uno más quiso están ahí, esperándonos y aguardando atentos, hasta que un día escuchen nuestras pisadas, que les indican nuestra llegada.

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