viernes, 24 de octubre de 2008

Daredevil: the End.

Está historia está a punto de hacerme ganador del HC de “Elektra: Love and War” en el concurso de historias sobre la muerte de Daredevil, en el foro de Comicastle. Si quieren leer las historias de otros participantes: http://www.comicastle.com/foro/showthread.php?t=7524




LOS ULTIMOS DÍAS DEL HOMBRE SIN MIEDO.

Por Fermín Reyes



Con el tiempo, el sentido de radar de Matt comenzó a fallar.Al principio fue imperceptible, casi como cuando uno empieza a perder la vista, una dioptría a la vez. Matt se dio cuenta no en una azotea, correteando a Turk o algún criminal de poca monta, ni saltando de un edificio a otro. Se dio cuenta en la banqueta, cuando no pudo esquivar un bote de basura por no percibirlo. El bastón plegable que portaba en la mano izquierda sólo era parte de su engaño al mundo, nunca fue una necesidad y con el tiempo ni siquiera lo llevaba adelante del paso.

Aún así, como todo hombre de edad que un día se despierta con dolor en el pecho o sin poder orinar, no le dijo nada a Milla. La bella Milla. Como amaba su cuerpo. Como sentía su calor de noche, con ese tacto aumentado que el accidente le había dado. Como deseaba haberle podido dar un hijo, él estéril a causa de sabe Dios que químicos que portaba en la sangre desde los doce años.


Un día los ruidos dejaron de molestar. Ese estruendo callejero, esa mezcla de voces y claxons y maquinaria pesada y licuadoras y coches y gente gimiendo al hacer el amor y voceadores y gente que habla de todo y nada a la vez. Esos sonidos que habían sido sus compañeros desde que despertara en el hospital y que con el tiempo aprendió a apaciguar y a controlar al punto en que podía aislar el latido de un corazón de todo el bullicio de la Corte. Un día, los sonidos lo dejaron y Matt se quedó sólo. Milla aún lo molestaba que le gustaría tener la agudeza de oído de Matt para escuchar sus conversaciones con Betty Blake; pero cuando Matt dejó de contestar a sus bromas, lo supo: Matt estaba perdiendo sus sentidos especiales. Por primera vez desde que el diablo la salvara aquella tarde de ser atropellada, Milla se preocupó por su hombre. Por primera vez sintió la imperiosa necesidad de pedirle a Foggy (quien tras el retiro había abierto su propio Pub, el “Typhoid Mary”) que lo vigilara. Por primera vez además, supo que Matt no la escucharía.

Cuando realmente se preocupó, fue el día en que Matt regresó con la cara golpeada. No era la primera vez que regresaba sangrando ni con una extremidad amoratada; y las manos de Matt se habían ido deformando, aplastando los nudillos y dando paso a la artritis, pero Milla sospechaba que estas nuevas lesiones se debían a una caída. Una perdida de equilibrio en las alturas que en esta ocasión afortunadamente no había sido mortal. ¿Pero y la siguiente?

Entonces comprendió que Matt como buen pugilista, no sabía bien cuando era momento de colgar los guantes. Y tuvo que llamarle a ella.Margaret Grace Murdock tenía una claridad de pensamiento poco común en personas de su edad. Se sentía mejor incluso que cuando era joven, cosa que se lo atribuía a una vida que si bien había tenido las complicaciones que sufre cualquier ser humano, había sido en general feliz. Su reencuentro con su hijo, hacía unos treinta años, le había además permitido tener lo mejor de dos mundos, estar desposada con Cristo pero sentir el orgullo de ser madre.A decir verdad, la llamada de Milla le sorprendió. Siempre vio a su hijo como el Superman de Hell’s Kitchen. Un hombre que había caído de la gracia y renacido. Aún así, la siguiente visita de Matt, le demostró que Milla había dicho la verdad. Y con la claridad de pensamiento que tenía lo supo: la hermana Margaret enterraría a su hijo. No tuvo el valor o no quiso decirle nada a Matt. Sabía que en todo caso él no la escucharía y no quería que en la que podría ser la última visita terminaran disgustados. Al momento de despedirse, Margaret le dio la bendición. No se necesitaba tener sentidos aumentados para percibir que la voz de Maggie se quebraba a mitad de la persignada, pero Matt estaba absorto en sus problemas y nunca lo notó.

Realmente fue Natasha quien lo convenció. Y de la única manera posible en que Matt entendería. En una azotea, Natasha esperó a que Matt apareciera enfundado en el traje rojo sangre que Karen había sugerido a inicios de su carrera; y ahí lo emboscó. Tristemente, Matt sólo supo que se trataba de Natasha al sentir sus golpes, pues conocía a la perfección los movimientos de la espía. Pero fue una pelea para nada pareja. Los sentidos de Daredevil se habían apagado por completo. Derrotado en el ring. Los pecados del padre revisitados en el hijo.Esa noche Matt regresó a la casa golpeado en su orgullo. Abrazó a su esposa y colgó el disfraz.

Al día siguiente, Matt visitó a su amigo Foggy en el pub. Se bebió una sola Guinness, mientras Foggy le comentaba que ya nadie recordaba a la Typhoid Mary original, “aquella que contaminó a cuarenta personas con tifoidea”; y luego caminó las cuatro cuadras que separaban el “Typhoid Mary” del “Battling Jack Murdock”. Los asistentes al gimnasio lo saludaron alegremente, este hombre era una leyenda: para el resto del mundo la identidad de Daredevil era del todo desconocida, gracias a las maquinaciones de la desaparecida Vanessa Fisk. Pero en el barrio localizado entre las calles 34 y 59 de Manhattan, la gente sabía. Simplemente lo sabían, incluso algunos se congratulaban de haberlo descubierto antes que the Globe, antes incluso que el propio Kingpin o Ben Urich. Respetaban y amaban a este hombre, que había hecho por ellos más de lo que la gente podía imaginar. Murdock caminó hasta la oficina de Melvin Potter y le dijo, “es tiempo”.

La idea había venido una noche al regresar a casa. Daredevil había sido el destructor del crimen durante años y a base de repetir sus hazañas logró limpiar la zona. Pero no duraría si él se ausentaba. Era necesario que otros siguieran su ejemplo. Para que nadie más tuviera que padecer la muerte de sus seres queridos, él, que si lo había sufrido en carne propia dejaría un legado. Y a partir de esa noche comenzó a evangelizar. Si los jóvenes se volvían pandilleros como los Wildboys o consumían drogas por la emoción o la adrenalina, él enfocaría dichas inquietudes creando su propia iglesia: una red de jóvenes vestidos, no tan estrafalariamente como él, pero siguiendo el mismo credo del vigilante, organizados en nueve bandos, nueve círculos para cuidar el Infierno. Los Devils eran de día dependientes de tienda, mensajeros, despachadores de Starbucks, pero al caer la noche rondaban los callejones, las escaleras de incendio, las azotehuelas, los edificios abandonados. Ante todo previniendo el crimen, pero también dando comida a los desamparados y buscándole albergue a los descobijados. Esta era la gran obra de Matt, su legado para la Cocina.

Matt nunca había sido tan precavido o tan insensible como para anticiparse a escoger a un sucesor. Esa carga no debía de ser heredada, sino asumida consciente y voluntariamente por un adulto. No por un niño inimputable, sino por alguien que pudiera responsabilizarse de sus actos, pues a pesar que la policía hacia tiempo había aceptado la ayuda de los Devils, en papel, en derecho positivo, hacer justicia por propia mano seguía siendo un hecho delictivo. El primer acto de ese sucesor sería combatir a Matt. Hacerlo caer, pues a pesar de que sus sentidos especiales se habían extinguido, Matt seguía teniendo el entrenamiento, la dureza y habilidad para ser considerado un arma letal en 50 Estados.

Melvin reunió a sus Devils y no hubo mucho que explicar. Armado sólo con su bastón, Matt se enfrentó a cada uno de sus oponentes. Uno por uno fueron cayendo a manos del experimentado héroe. Nadie era capaz de igualar a su maestro. El último Devil dio un paso al frente. Matt lo conocía tan bien, como para saber que era igual de capaz de triunfar sobre él como cualquiera de los demás alumnos. Pero le gustaba la idea de que fuera éste su sucesor, alguien con quien compartía algo de historia: el antaño Fatboy, Butch. Butch sabía exactamente lo que se necesitaba para hacer caer a Matt. Esperó a que Matt se defendiese en dos ocasiones de sus rápidos golpes y cuando el viejo estaba listo para contraatacar, Butch lo jaló del kimono de seda. Matt cayó de bruces, derrotado de la única manera en que había perdido siempre una pelea: con su propia fuerza. Elektra lo sabía y lo sabía Bullseye. El diablo sólo cae si es por sus propios actos. Sonriente, Matt se levantó. El símbolo no se había perdido. Hell’s Kitchen tendría su Daredevil.

Al año siguiente Matt descubrió la razón de haber perdido sus sentidos especiales: le diagnosticaron Parkinson. Maggie, que no había visto morir a su hijo aquella vez, falleció en el invierno, víctima de una neumonía que los oscuros y húmedos pasillos del convento le provocaron. Milla estuvo con Matt hasta sus últimos días. Milla, la hermosa Milla. La leal, la fiel, la que había sentido atracción por el enmascarado pero se había enamorado del hombre. Foggy pasaba al mediodía, antes de abrir el pub, a saludar a su amigo. Luke y Jessica lo visitaron un par de veces, cuando viajaban desde Chicago a Nueva York, pues a Luke le gustaba charlar con él de “los buenos tiempos”.

Un 17 de marzo, en la cama que durante años compartiera con su esposa, Matthew Michael Murdock cerró los ojos y se fue como vivió: sin miedo.

1 comentario:

HellSpawn dijo...

Excelente.

Recorre varios pasajes de la vida de Murdock. Muchos de sus personajes son mencionados.

La narrativa me gusto mucho. Coo vas contando lo que sucede al DD y como haces la simetria con su padre boxeador.

En verdad me dio gusto leerla y ademas, que alparecer fui el ultimo que votó y con ese voto te di el triunfo.

Aun asi la votacion demuestra cuan reñido estuvo el concurso.

Felicidades por mostrar una vez mas tus talentos narrativos.